En 2017 tuvo lugar un hecho sin precedentes. Por primera vez, la lucha contra las campañas de desinformación fue incluida en la Estrategia de Seguridad Nacional, siendo a partir de entonces el Consejo Nacional de Ciberseguridad el responsable de actuar contra las fake news en nuestro país. Fue un gesto simbólico, en el sentido de que refleja la creciente concienciación sobre un fenómeno global que sin embargo tiene importantes repercusiones a nivel nacional e incluso local. Bulos, engaños, chismes, mentiras desinformativas, o directamente noticias falsas…, son muchos los nombres que a lo largo de los tiempos han adoptado las hoy llamadas fake news. Un fenómeno antiguo que hoy cobra una nueva dimensión en la turbulenta era de la globalización y la digitalización.

Todo empezó en Malasia

Son varios los casos que en la última década se han empleado como paradigma de la noticia falsa en Internet. Quizá recuerden cuando, en 2014, los vídeos de un vuelo de Malasyan Airlines supuestamente desaparecido inundaron las bandejas de email de medio mundo. La campaña presidencial de Donald Trump de 2016 ha sido utilizada como objeto de análisis por multitud de expertos en comunicación, periodismo y posverdad —el término con que designamos a esta nueva realidad llena de incertidumbre donde es un reto discernir entre realidad y ficción—. Y en abril pasado, sin ir más lejos, la Central Sindical Independiente y de Funcionarios (CSIF) de Andalucía tuvo que desmentir una campaña en redes sociales que empleaba una reforma fallida de 2011 para generar confusión y alarma social en un momento delicado para las arcas de la Seguridad Social.

La consultora Garder vaticina que en 2022 la mitad de las noticias del mundo serán falsas.

 

Según José Antonio Muñiz Velázquez, director del Departamento de Comunicación y Educación de la Universidad Loyola Andalucía, «estamos ante algo tan viejo como la humanidad misma, pero como en tantas otras cosas, las disrupciones tecnológicas de los últimos tiempos han cambiado la naturaleza y los efectos del fenómeno». Su grupo de investigación trabaja en Spotted, acrónimo de School Policies to Tackle Fake News, un proyecto cofinanciado por el programa Erasmus+ para entrenar a la población, especialmente a los más jóvenes, en la detección y detención de las noticias falsas. Si bien asegura que la mayoría hemos sido víctimas de una noticia-trampa en alguna ocasión, son los jóvenes y adolescentes el blanco preferido de este fenómeno que tiene en las redes sociales vía libre para actuar con casi total impunidad. «El ecosistema informativo de los adolescentes se nutre, de una manera absolutamente mayoritaria, de las redes digitales. Además, hablamos de personas que se adentran en la edad adulta, a las puertas de la adquisición de plenos derechos, entre los que está votar. Es fácil imaginar lo apetitoso que puede llegar a ser este segmento de la población para las campañas desinformativas», confirma José Antonio.

«Estamos ante algo tan viejo como la humanidad misma, pero las disrupciones tecnológicas de los últimos tiempos han cambiado la naturaleza y los efectos del fenómeno». — José Antonio Muñiz Velázquez, director del Departamento de Comunicación y Educación de la Universidad Loyola Andalucía

Ahora bien, ¿qué tienen que ver las noticias falsas y las campañas de desinformación con la ciberseguridad? Pues prácticamente todo. Para empezar, hay que entender las razones por las que se generan bulos en Internet.

¿De dónde vienen las fake news?

Por un lado, los expertos en comunicación señalan los efectos que estos tienen en su campo de estudio. Para Charo Toscano Arenas, consultora de comunicación política, institucional e inbound government, la mano del hombre está detrás de todo proceso de fake news. «Los intereses económicos y políticos son los fundamentales. Alguien gana dinero o pretende influir en nuestro pensamiento; casi siempre es lo que hay detrás de una fake news» Clic para tuitear, asegura. Estos intereses se acentúan en mitad de procesos electorales o en situaciones de gran estrés social, como la crisis del COVID-19. La proliferación de bulos y noticias-trampa mediante canales tan cotidianos como WhatsApp ha llevado a las instituciones a alertar en más de una ocasión del peligro que supone la difusión descontrolada. «Ante la duda, no compartas» se ha convertido en el eslogan esgrimido por los expertos en comunicación, entre los que se encuentran nuestros entrevistados. En estos periodos somos testigos de «cómo el espacio digital se inunda de bulos y mentiras fabricados desde las propias formaciones políticas.

En periodo de elecciones, las fake news circulan por las redes sociales como si viajaran en autopista, engordando las burbujas y crispando el debate público», afirma Charo Toscano.

El efecto de las campañas de desinformación en la opinión pública, en el periodismo y en la formación de la sociedad en su conjunto ha sido materia de estudio de Ramón Reig durante años. Catedrático de Estructura de la Información en la Universidad de Sevilla, Ramón nos habla con espíritu crítico del porqué de la proliferación de estos bulos: «El ser humano se puede mover por un cuento, por una fake news, más que por la razón. Una desinformación encierra un misterio y el misterio atrae por su narratividad y porque despierta la pulsión explorativa humana». En este sentido, apunta a que «en esencia, lo que ha salido a la luz estaba ahí desde siempre», refiriéndose a cómo la tecnología ha ido evolucionando para acentuar rasgos —la curiosidad, el ansia de información, el narcisismo— que forman parte del ser humano desde su origen.

«En periodo de elecciones, las fake news circulan por las redes sociales como si viajaran en autopista, engordando las burbujas y crispando el debate público». — Charo Toscano, consultora de comunicación política, institucional e inbound government

Lo cierto es que detrás de una fake news hay de todo menos arbitrariedad en su diseño y su contenido. Al contrario: son piezas informativas meticulosamente programadas para impactar en nosotros y empujarnos a compartirlas. Sobre esto nos habla José Antonio Muñiz, para quien «en términos no tanto publicitarios como militares, las noticias falsas se planifican conociendo muy bien a su target. Llegan allí donde se sabe que van a ser bien acogidas. Siempre portan un contenido o información que apela a las emociones, a lo visceral en los peores casos».

Debido a la cantidad de información personal que de forma consciente e inconsciente volcamos en nuestras redes sociales —gustos, tendencias, opiniones, ubicaciones, compras...—, las noticias falsas circulan por Internet buscando a su mejor objetivo, aquel que empatizará con la historia y no dudará en compartirla con sus contactos. Para frenar esta difusión —un fenómeno que la OMS ya ha calificado como «infodemia», pero que comunicólogos anteriores bautizaron como «infoxicación»—, cada vez más instituciones emplean sus propios algoritmos para detectar fake news en las redes sociales. En la Universidad de Granada ya se trabaja en emplear la Inteligencia Artificial para detectar noticias falsas en Twitter. La multinacional tecnológica española Indra probó un algoritmo de detección de fake news durante las últimas elecciones andaluzas. La transformación digital, puesta al servicio de la información de calidad.

Seguridad digital y noticias falsas: una relación poco conocida

Pero ahora que sabemos de dónde vienen las fake news, hay que entender por qué se emplean. Si bien los motivos económicos y políticos están en la primera línea del debate, no se habla tanto de cómo las noticias falsas afectan a la ciberseguridad de empresas, instituciones y particulares. Al hacer clic en una noticia falsa, no solo puedes estar generando dinero para la persona que la ha creado y alimentando la cadena de rumores informativos, sino dándole a un hacker la oportunidad de infectar tu sistema con un software malicioso. En muchas ocasiones, detrás de una fake news que se hace viral se esconde un ciberataque, y al compartirla nos convertimos en «cómplices» de dicho ataque, cuando no directamente en víctimas.

En 2018, según Mark Zuckerberg, 80.000 publicaciones falsas llegaron a 126 millones de usuarios a través de Facebook.

 

Además, las noticias falsas se difunden a tal velocidad que si llaman a realizar una acción determinada, enviar emails por ejemplo, pueden llegar a colapsar a una organización entera. La táctica conocida como phishing trata de captar nuestra atención con una noticia conmovedora e increíble para llevarnos hasta sitios perjudiciales para nuestro sistema. Y como comentaba Charo Toscano, en periodos de especial sensibilidad social y mediática, este fenómeno se multiplica.

En esta intrincada red de fake news, redes sociales, influencers y posverdad, hay una figura fundamental que está quedando cada vez más relativizada: el periodista. Para Clara Aurrecoechea, delegada sindical del Sindicato de Periodistas de Andalucía (SPA) en RTVA y CSRTV, «se está primando al periodista multimedia que sirva la noticia para múltiples aplicaciones y soportes, lo que está generando una necesidad y obsesión por la inmediatez, la comunicación incesante y los mensajes instantáneos y emotivos». Estamos ante un fenómeno que ha «removido los cimientos del periodismo tradicional». Clara ve en esta exigencia de rapidez a la hora de elaborar informaciones un desdibujamiento de las características propias de cada medio y un aumento de la inseguridad informativa y falta de rigor en las noticias que se difunden.

«Se está primando al periodista multimedia, lo que está generando una necesidad y obsesión por la inmediatez, la comunicación incesante y los mensajes instantáneos y emotivos». — Clara Aurrecoechea, delegada sindical del Sindicato de Periodistas de Andalucía

Algo similar opina Ramón Reig, para quien «hay que distinguir entre dinámica informativa y comunicacional de la sociedad y entre periodismo». El investigador señala que si bien la información es propia de la actividad de cualquiera, «eso no es periodismo». El periodismo del futuro, vaticina, sería una actividad minoritaria y fundamentalmente interpretativa. Solo así conseguiría recuperar el terreno perdido durante las últimas décadas de transformación digital. «No podemos prescindir de los medios de comunicación», sentencia Charo Toscano. «Los medios están atravesando su propia crisis y se encuentran repensando su modelo, pero debemos ser conscientes de que, a la hora de informar, son los medios de comunicación los que aportan fiabilidad». Clic para tuitear

La mayor responsabilidad, en manos de la ciudadanía

Ante esta situación, solo queda hacerse una pregunta: ¿qué puede hacer cada uno de los actores implicados? Por una parte, como ya nos transmitió Fernando Acero en la charla que mantuvimos con él, las empresas deberían hacer un análisis de riesgos exhaustivo e invertir de forma eficaz y eficiente en ciberseguridad. Las fake news pueden camuflar un ataque a los sistemas de la empresa, por lo que es fundamental vigilar puntos de entrada como bandejas de correo, ordenadores y smartphones, especialmente ahora que el teletrabajo se ha instaurado en muchas empresas.

En España, la lucha contra las «campañas de desinformación» fue incluida en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017.

 

Por otra parte, es primordial que las instituciones sumen labores de concienciación y formación en ciberseguridad y fake news. En este sentido, el SPA destaca por actividades como el reciente I Congreso Online de Comunicadores y Comunicadoras Antirrumor, donde quedó gestado el Decálogo antirrumor para el tratamiento informativo de las migraciones. Otra de las iniciativas recientes, nos comenta Clara Aurrecoechea, fue la solicitud al equipo directivo de Canal Sur de la creación de una unidad de verificación de noticias falsas, rumores, bulos y mentiras —documento al que hemos tenido acceso—, pero la petición aún no ha recibido respuesta.

Precisamente, el pasado mes de julio, los principales prestadores audiovisuales andaluces —Canal Sur TV, Acutel, 7 TV, Sevilla y Betis TV— acordaron participar este otoño en una campaña para la protección de los menores ante la difusión de bulos y noticias falsas en la red. Sin embargo, desde el SPA se muestran escépticos: «En primer lugar, considero que no son los medios los que tienen que desempeñar esa labor de alfabetización mediática. Creo que debería ser una asignatura incluida desde bien temprano en la educación reglada. Y en segundo lugar, los medios deberían preocuparse más por respetar y cumplir los códigos deontológicos del ejercicio profesional del periodismo que existen desde hace décadas», opina Clara Aurrecoechea.

De nuevo coincide en su diagnóstico con Ramón Reig, a quien también hemos consultado sobre este aspecto: «Si son empresas privadas tendrán que supeditar esas buenas intenciones a las ganancias y a veces ambos factores son contradictorios. La alfabetización mediática es necesaria, sin duda, pero esta empieza por dos factores: perspectiva histórica de la comunicación y contexto actual en el que se desenvuelve». En este sentido, la inversión tanto en investigación como en intervención social es fundamental para actuar antes de que las fake news supongan la mitad de las noticias difundidas por el mundo, tal y como pronostica la consultora Gardner que ocurrirá en 2022. 

Queda, en fin, la cuestión más importante: ¿qué pueden hacer los ciudadanos? El mensaje entre nuestros entrevistados es unánime: «Ante la duda, no compartas». Buscar la fuente de la noticia, poner en barbecho la información hasta que se confirme o se desmienta, cuestionar, en fin, todo lo que nos llegue… es la única fórmula para frenar la difusión de bulos.

«La alfabetización mediática es necesaria, sin duda, pero esta empieza por dos factores: perspectiva histórica de la comunicación y contexto actual en el que se desenvuelve». — Ramón Reig, Catedrático de Estructura de la Información

Los medios de comunicación y las agencias de noticias, aunque vulnerables como todos a ciertas fake news, siguen siendo un dique de contención sumamente valioso. Tal y como resume José Antonio Muñiz: «¿Qué podemos hacer como ciudadanos? Uno: leer prensa seria, escrita por periodistas serios. Dos: contrastar todo lo que nos llegue a nuestras redes con medios reconocidos antes de darle credibilidad. Y tres: por supuesto, leer, ver y oír a más de un medio, a ser posible de conglomerados distintos. Es la única manera de discernir entre los hechos y las opiniones y de formarnos las nuestras propias. Y no las de terceros».