Javier Arriola es pescaor. Faena en las aguas de Cádiz a bordo de su propia embarcación, el «Alba Marina», junto a dos marineros. Se debe a la mar y su ritmo de vida viene designado por lo que la mar dicta. Pertenece a un sector, el de la pesca artesanal, de una incalculable importancia histórica para Andalucía. Frente a los retos a que se enfrenta este oficio milenario para sobrevivir en un mercado internacional cada vez más competitivo, la transformación digital se alza como una herramienta valiosa tanto para mejorar la actividad como para ayudar a visibilizarla. Una de estas herramientas es el canal de YouTube «A vé que yo lo vea», con más de 700 suscriptores y una labor de sensibilización y divulgación que ya está siendo enseñada en institutos gaditanos.

Un encuentro casual

La relación de Javier Arriola con YouTube comenzó antes incluso de YouTube. Ya en su móvil, comprado hacía poco, llevaba algunos vídeos que había ido grabando de forma improvisada mientras faenaba. Los compartía por WhatsApp, su primer canal de difusión. Un día de noviembre de 2019, Javier conoció a Francisco Javier Castillo, Agente de Innovación Local en el Centro Guadalinfo CAPI La Paz, y de esta forma surgió la oportunidad de ampliar el alcance de las divertidas y didácticas grabaciones de Javier a bordo de su pesquero. Pero el contenido existía antes que el continente. Javier no necesitó YouTube para dar rienda suelta a unas ocurrencias que ya le granjeaban cierta popularidad en el barrio; la tecnología se adaptó a él y no al revés. Francisco Javier le habló del centro Guadalinfo donde impartía cursos para acercar las nuevas tecnologías a los vecinos de la localidad. Afortunadamente para Javier, cuya vida lleva el ritmo caprichoso de la marea, Francisco Javier adaptó la formación a su horario, y de esta forma pudo sumergirse en el aprendizaje de YouTube. Pero antes, como es lógico, hubo que empezar por lo más básico.

Trabajo duro, entusiasmo e ingenio

Francisco Javier Castillo realiza su labor en una de las barriadas de la capital gaditana donde la brecha digital es mayor. Para él la prioridad es que sus alumnos, a los que se adapta en todo momento según necesidades de conocimiento y horarios, se formen en el ABC de la digitalización para que, a partir de ahí, desarrollen sus propios intereses y aficiones. Como con el aprendizaje de cualquier «idioma», Javier Arriola tuvo que empezar de cero. Gracias a su entusiasmo y al apoyo constante de Francisco Javier, el aprendizaje pasó en poco tiempo de mover con seguridad el ratón y «entrenar el dedo» para hacer doble clic a conocer los servicios de Google y asomarse al mundo de la edición de vídeos. Javier ha puesto todo este conocimiento al servicio de su talento comunicativo y su amplio bagaje como faenero, sin dejar que la tecnología, como bien señala el propio Javier, se convierta en el fin, sino en un medio.

El proceso de grabación de un vídeo lleva la espontaneidad como marca. Javier improvisa de forma reactiva a lo que ocurre durante la faena: los fenómenos meteorológicos, el paisaje, la contaminación o las capturas del día. Su equipo se reduce a un smartphone controlado por Daniel, un «cámara de mar» que trabaja con él. No hay guion ni tomas falsas; el canal es una extensión del saber de Javier sobre el litoral gaditano, desde el qué y cómo se captura hasta la forma de cocinarlo o los problemas a los que se enfrenta la pesca artesanal. Javier destaca en este sentido el alga asiática, una especie invasora que amenaza con colonizar la costa andaluza, la contaminación y la preocupante escasez de capturas. Javier acerca la mar a nuestras pantallas, con todos los atractivos y problemáticas inherentes a su oficio.

La creación de una marca personal

De esta forma tan natural ha conseguido más de 700 seguidores en muy poco tiempo. Le paran por la calle, se toman fotos con él, aunque Javier le reste importancia a su popularidad. Para Francisco Javier, su amigo y mentor, Javier ha descubierto el potencial de las nuevas tecnologías, aunque no lo diga abiertamente. No ya para dar soporte a la pesca tradicional de las formas que ya conocemos (sistemas GPS, radares, pilotos automáticos, radiobalizas, códigos QR para las capturas), sino para visibilizar un oficio que no pasa por su mejor momento.

Javier Arriola no es YouTuber. Es un faenero con unas dotes comunicativas que ha sabido explotar gracias al uso eficaz y espontáneo de las nuevas tecnologías. Pero por mucho que para Javier su canal de YouTube sea un medio más que un fin, reconoce que ya le ha generado cierto compromiso con sus seguidores. A partir de ahora debe cuidar la calidad de los contenidos. Lo quiera o no, Javier Arriola es ya una marca personal en Internet. Gracias a la transformación digital, ahora tiene la oportunidad de difundir un patrimonio inmaterial con siglos de historia que a buen seguro ganará valor conforme pasen los años. Sin filtros, sin métricas. Solo él, una cámara y la mar. No hace falta mucho más.